domingo, 19 de diciembre de 2010

Casas Viejas

La República de España tenía perdida la guerra civil antes de la última batalla. Quizás antes de que empezara. Entre otras cosas, por la desunión de los republicanos, nacionalistas y revolucionarios. La distancia entre la autoridad republicana y la izquierda popular se fue cociendo durante los pocos años que duró el intento republicano. En enero de 1933 se vivió uno de los episodios que ayudó al descontento ciudadano. Decepcionados con el devenir de la República, las clases trabajadoras habían comenzado a presionar al gobierno en busca de la revolución. El gobierno, mientras tanto, tenía a la élite burguesa en los sillones y los fascistas llamando a la puerta. En esas se encontraba España, en medio de una huelga general, cuando al pueblo gaditano de Casas Viejas llegó la noticia del levantamiento anarquista, que sería seguido por toda la República. Al final sólo se sublevaron los cenetistas de Casas Viejas, que fueron contestados con una durísima represión de la Guardia Civil y la Guardia de Asalto: la casa donde se encontraban los dirigentes de la sublevación y sus familias fue incenciada y el resto del pueblo fue torturado y fusilado aleatoriamente, ajusticiado durante los meses siguientes. El levantamiento del pueblo lo siguieron pocos en Casas Viejas y nadie en el resto de España, pero, como se dice que ordenó el presidente Azaña, "no quiero heridos: los tiros a la barriga".

Las consecuencias de estos sucesos fueron decenas de muertos y represaliados, una polémica en toda la República por la actuación del gobierno, investigaciones parlamentarias, el descrédito hacia la clase política y el alejamiento de la izquierda del recién estrenado sistema de gobierno. La noticia tuvo su alcance fuera de España. De esto se sirve Basilio Martín Patino para crear este documental en 1996, dentro de la serie Andalucía: un siglo de fascinación. Y no es que utilizara alguna filmación o documento de la época encontrado, sino que lo crea él mismo. Crea al periodista de guerra británico, cuyas imaginarias grabaciones en Andalucía pasan a manos de los soviéticos, y junto con algunas entrevistas (fraudulentas o no) y testimonios reales de los actuales habitantes del pueblo gaditano, publica este trabajo de reconstrucción de la tragedia de Casas Viejas.

Si algo es Martín Patino es, sin duda, comprometido y valiente, pues a lo largo de su carrera ha esquivado la censura franquista por lo pelos. Aún no me explico cómo un documental como Caudillo pudo ver la luz en 1974. Se puede decir que El grito del Sur: Casas Viejas es el perfecto ejemplo de la dramatización histórica. Rodeado siempre del debate sobre la veracidad del documental, podemos creer que este tipo de trabajos son válidos si ayudan a conocer la realidad (histórica o no) de los sucesos. El director nunca intenta engañar. Los créditos no se visten de mentira, pero además los aspectos narrativos y técnicos de la parte que corresponde a la película del documentalista británico no dejan lugar a dudas. Están grabados con una planificación que casi duele a la vista. El montaje es clásico y muy elaborado, nada que ver con lo que alguien podría haber realizado en esa situación. Hay cortes muy ficcionales y perfectos encuadres de figuras que aún no han entrado en plano. La textura, además, es de vídeo, con una triste capa que lo intenta asemejar a película. Muy lejos, por ejemplo, de los documentos cinemátograficos de La batalla de Chile de Patricio Guzmán. Basilio cuenta irremediablemente con ello, por eso creo que no engaña. Pero al margen de las discusiones entre ficción/realidad y engaño/sinceridad, El grito del Sur es válido como mirada a los hechos desde el final de siglo, reflexión anarquista del levantamiento de Casas Viejas y llanto de una aldea casi apagada por el fuego de la represión.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Getxo, akordaten zara?

Herri baten altxor preziatua da bere nagusien oroimena. Eso reza la sinopsis de Getxo, akordaten naz 2, el segundo de dos documentales sobre la historia del municipio bizkaino. O lo que es lo mismo: El recuerdo de sus mayores es un preciado tesoro del pueblo. No le falta razón.

Se trata de dos trabajos, sólo que la segunda parte es la que se ha estrenado este año. Están dirigidos por Aitor Gisasola y producidos por la revista UK. El tronco es el trabajo de documentación de Fredi Paia. El espíritu de ambos casa mucho con mi admiración por lo que nuestros mayores pueden contarnos sobre el devenir de nuestra familia, la historia cercana de nuestros pueblos o, sin más, sobre la vida. Y por la forma en la que nos lo cuentan: vemos recuerdos de otra época a través de las arrugas, síntoma imparable del paso del tiempo. No es la primera vez que me leéis decir algo parecido, y seguramente no será la última. En una sociedad cada vez más poblada por mayores (aunque no estoy seguro de si mi generación podrá colaborar en seguir deformando la pirámide demográfica o morirá en el intento), siento que impera un, no sé si desprecio, pero sí desde luego un desinterés por la vida de los mayores, por su conversación y por el mundo del que provienen, casi siempre rural o, si no, industrial, pero del auténtico.


No voy a enrollarme contando el origen de mis abuelos, pero es bien distinto de los testimonios que se pueden ver en Getxo, akordaten naz. Por eso este documental me sirve aún más para conocer el lugar donde vivo, producto de la mezcla de familias de agricultores o arrantzales, de ricos llegados directo al palacete de invierno, de obreros, y del mayor número de gente, los de clase media llegados hace tres décadas. En cualquier caso, este trabajo está bien lejos de los libros de historia. El acercamiento es bien distinto: aquí se trata de dar manga ancha a los mayores, entrevistados en frente de la cámara. Lo importante es el contenido de los testimonios, el inconmensurable valor del testigo de una generación bien entrada en años que deberíamos saber apreciar. Sólo ellos pueden hablarnos de lo que fue de forma tan directa, pero no podrán hacerlo por siempre.

Getxo ha cambiado muchísimo en el último siglo. Desde Azkorri hasta Areeta, sus pueblos y barrios han seguido evoluciones distintas, acogiendo gente diferente, pero siempre creciendo de una manera bestial (y eso que no es la zona que más ha sufrido). Como en el resto de Bizkaia, los cambios en los modelos de vida han dado paso a una remodelación del territorio. Es fácil intuirlo en lo que nos cuentan los mayores: los baserris que dieron nombre a las calles de ahora, llenas de bloques de pisos; el arenal que cubría lo que hoy son casas y casas; el pantano que cuando llueve aún asoma bajo el cemento; las viejas mansiones que parecen igual que antaño; el tren que casi no pasaba, pero dejaba ver sus vías y estaciones sobre la tierra en vez de bajo ella... Getxo ha cambiado, pero también la forma de vivir de los getxoztarras. En las entrevistas impera lo cotidiano y familiar sobre cualquier otra consideración: nos hablan de sus juegos de niños, del trabajo en el campo o en el puerto, de la mitología, de los ünguentos, de la guerra, de los franquistas... Todo ello en un exquisito y único euskera que, tristemente, está a punto de desaparecer. Me refiero al dialecto de Uribe Kosta, comarca de erdeldunes y euskaldunbarris. Es una pena, pero gracias a un buen trabajo de campo podrá conservarse, al menos académicamente (éste trabajo se está realizando, afortunadamente; aprovecho para recomendar el recién publicado diccionario topográfico Getxoko izenak, otra joyita). También por eso, este documental es doblemente importante. Los que no tuvimos la suerte, tendremos que hacer lo posible para que no se pierda esta particular forma de hablar euskera. Vale, sí, parece una utopía. Ya sé cómo es Getxo.

He de decir que la forma no acompaña del todo (para el estudio narrativo y formal están otras obras), pero se nota el interés de adornar un contenido ya bello de por sí. Es, sobre todo, un canto a la imaginación de tiempos distintos, una excusa para disfrutar con las historieras de nuestros viejos, pero también un toque de atención para los habitantes del presente. A ver si nos damos cuenta.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Zinebi (I): Unos cuantos cortometrajes

Este lunes empezó la 52ª edición de Zinebi, antes conocido como Festival Internacional de Cine Documental y Cortometrajes de Bilbao. Antes siquiera de la inauguración, en el Kultur Etxe de Algorta ya estaban proyectándose una selección de cortometrajes. Así que, entre tanta música que ha habido por aquí últimamente, sigamos con el cine.

Bajo el nombre InfoSpain, Zinebi reúne unos cuantos cortos muy dispares y los ofrece en paquete, como muestra de la escena española. En primer lugar, al margen de lo que luego opine, hay que alabar el formato corto, un fin en sí mismo.


El primero de la noche fue, posiblemente, el que más me gustó. La cambra fosca (Deborah Chacón, Cristina Pecci, 2010) es un documental sobre dos artistas: una escultora y un fotógrafo. La primera está ciega y el segundo es su padre. Vamos, que en realidad, más que un trabajo sobre sus obras, bastante amateurs, se trata de conocer de sus procederes, enmarcados en una excursión al campo. El padre, en busca de la fotografía, y la hija, descubriendo un mundo que no puede ver, pero sí tocar. De hecho, la joven se maravilla con las texturas de las piedras, que parece coleccionar. La cámara nos acerca a esta familia y termina pareciéndonos una bella historia. Interesante el punto de vista de la protagonista: sus manos.

El segundo cortometraje, esta vez de ficción, fue Una caja de botones (María Reyes Arias, 2010). En mi opinión, el menos interesante de la noche. Me explico: la historia es bonita (una niña cuya madre está ingresada no recibe regalos en Reyes, así que echa mano del riquiño cuento del regalo invisible), pero no deja de ser un drama que busca la emoción por un camino demasiado fácil. La verdad, bastante simplona, y se hacía larga. En este caso hay que reconocer la salvada dificultad de grabar con niños.

El lugar de la animación lo llenó Les bessones del carrer de ponent (Marc Riba, Anna Solanas, 2010) Ese stop motion oscuro y tenebroso es un acierto, pues añade más misterio a una historia de intriga ya de por sí tenebrosa: a un chaval lo secuestran dos viejecillas gemelas (al más puro estilo de las brujas Twinrova) que se dedican a fabricar medicinas caseras con los cuerpos de sus víctimas, recordando la historia real de una asesina de la misma calle Ponent de Barcelona. La perversión de estas adorables hasta nos sorprende, sin llegar a ser un corto desagradable, ni mucho menos. Al final nos damos cuenta de que estamos viendo una sátira de lo que esconde el ser humano y su sociedad bajo su capa de normalidad.

O proceso de Artaud (2010) trata de la exclusión de este literato francés del grupo surrealista. Lo que hace el director es utilizar el texto del proceso contra Artaud sobre la imagen de La Passion de Jeanne d'Arc, como si Carl Theodor Drey pusiera en escena, mediante el juicio a Juana de Arco de esta película de 1928, la expulsión dos años antes de Artaud por parte de un surrealismo al servicio de la Revolución. Esto defiende Ramiro Ledo. El experimento es efectivo y casi concluyente. Al margen del tema surrealista, el cortometraje resulta un trabajo muy interesante.

The Homogenics (Gerard Freixes, 2010) es otra vuelta de tuerca al montaje. Mediante la mezcla de trozos de series americanas de hace 50 años, el director crea un mundo nuevo: una sitcom de una familia en la que todos los personajes parecen iguales. Buena forma de retratar aquellas series en que se idealizaba la familia americana con personajes tan planos y estándares que parecen el mismo. Además, divertido.


En Aire (Javier Loarte, 2010) vemos la vida normal de dos familias en las que adquiere importancia la trama de varios niños. Todos se dirigen al colegio. El cortometraje acierta en dibujar la historia de dos niños nerviosos por el primer beso que se darán; sin más. Pero lo importante viene al final, cuando advertimos que todo se ha truncado, cuando nos damos cuenta de la fecha que es. La trama de los niños, que ocupa la mayor parte del tiempo, es bastante sencilla, sin ningún misterio. En cambio, el desenlace es presentado de forma sutil, y aquí es donde radica el mejor punto del relato.

El último cortometraje, Camas (Manuela Moreno, 2010), es en realidad un 4 en 1. Las cuatro historias les suceden en la cama a cuatro parejas. La mejor es la final, que puede ser una irónica reflexión sobre lo que parece y lo que es. Divertidas y curiosas.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Grizzly Man (2005)

Venía yo al blog a poner a parir a Warner Herzog y su Grizzly Man: un documental que mezcla las grabaciones de un ecologista/documentalista/loco amante de los osos grizzlies, muerto por uno de ellos en un parque natural en Alaska, y entrevistas a su familia y amigos después de su fallecimiento, para hacer una reflexión sobre las relaciones entre el hombre y la naturaleza y sobre la desgracia de este tristemente trastornado llamado Timorhy Treadwell.

Resulta que este hombre es un amante extremo de los animales, especialmente de los osos pardos que viven en Alaska, por lo que, para demostrar que se puede convivir con ellos y para "protegerlos" del hombre, decide ir a vivir a su casa. Estuvo 13 años, por temporadas, acampando en el hábitat natural de estos grizzlies, como se les conoce en América, hasta que, en su último viaje a Alaska, uno de ellos lo devoró. A él y a su pobre novia. Warner Herzog defiende que los osos en ningún momento empatizan con Timorhy. Sencillamente, pasan de él. Cuando ya se cansaron, o un día que tenían demasiada hambre y no encontraban peces, se comieron al protagonista de este documental.

Venía a ponerlo a parir, decía, porque no consigue traspasar la barrera del falso documental y convencernos. Seguro de que lo visionado por mí mismo era un mockumentary y ayudado por otras opiniones, mi objetivo era criticar a Herzog por el fracaso absoluto de su propuesta. No encontraba un propósito claro del director, lejos de la maestría del Fake de Orson Welles en poner en jaque el arte y el propio lenguaje cinematográfico. Al final Welles, además, confiesa su fraude, cosa que no hace Herzog (a lo mejor porque no tiene nada que confesar, como explicaré más adelante). La historia de Timorhy puede resultar interesante en algún aspecto (su estrecha relación con los zorros, con quienes sí consigue conectar; su misantropía creciente, causado por el dolor causado a la naturaleza, y su relación consigo mismo en soledad), pero el director alemán no acierta con la forma. Esta película se hace larga y aburrida. Además, salta a la vista su falta de autenticidad. El material supuestamente recogido de la cámara de Timorhy está sobreactuado por el protagonista, incluso aceptando que tenía un trastorno mental. Igualmente, las entrevistas tienen aroma de guión y creo que los actores fallan, al contrario que en The Blair Witch Project. Los mismo con los trucos de Herzog, tanto en el material del director como en el de la cámara del amante de los osos, que intentan desprender verosimilitud de forma demasiado evidente.

Mi sorpresa viene cuando, buscando información para esta entrada, me encuentro que se le trata como documental real en el archivo de la red. El enfado al ver esta película no me lo quitará la parafernalia mediática y comercial que puede conllevar un fake, aunque realmente ya han pasado varios años desde su estreno. Igual Herzog nos engañó a todos, incluídos festivales. Quizás me equivoque. En ese caso, debería mirar al texto desde otra perspectiva. Me tranquiliza haber leído alguna opinión disidente, sumada a la de la fuente que me pasó este trabajo. Juzguen ustedes mismos.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Lección de thrash

Vaya thralla la de anoche en la Santana 27 de Bilbao. Llegó hasta la Sala Black del recinto (sonido impecable) la Clockwork Spanish Tour de Angelus Apatrida, en esta ocasión acompañados por A.D. Nunca había escuchado a los de Markina, quizás por su estilo (metalcore), pero dieron un buen concierto. Muy buena actitud y muy buena ejecución. Gustaron.

Los de Albacete, ese grupo que no para de hacerse más y más grande, ofrecieron toda una lección en directo. El hueco en la escena ya lo tenían trabajado de antes. Ahora han llegado a cotas más altas, y después de girar por Europa, se puede decir que es el mejor grupo castellano de thrash metal.

Presentaron sobre todo los temas de su nuevo disco, Clockwork, que mejora los dos anteriores, aunque también retomaron algunos más antiguos. Hasta se atrevieron con la versión de Iron Maiden que incluye como bonus track su último trabajo, Be quick or be dead (muy apropiada para convertirla en thrash), que terminó de calentar al respetable. De hecho, la sala estaba llenísima, con gente hasta en la puerta. El País Vasco recibió a la banda como se merece y el público estuvo toda la actuación muy receptivo, wall of death incluida. Los temas sonaron de escándalo, ayudados por la impecable actitud y el carisma del cantante. Tenían ganas de volver a Bilbao. Su estilo gusta por lo clásico que suena siempre, aunque flirtean con pasajes más modernos, muy contundentes. En directo fueron muy rápidos, afilados. Una apisonadora. El año que viene vuelven al extranjero. Les espera un largo camino por delante, pues Angelus Apatrida ya se ha gradudado en grupo grande.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Amerikanuak

El viernes se estrenó Amerikanuak en los cines, un documental que cuenta con la dirección de Nacho Reig, la fotografía de Gorka Bilbao, la producción de Zigor Etxebarria (Berde Produkzioak) y la banda sonora de la banda gernikarra Audience, que en esta película se visten del americano más auténtico. Tuve la suerte de acudir al preestreno en Bilbao y escuchar unos temas en directo de este grupo. Buen descubrimiento.

Estos amerikanuak son los vascos que emigraron al Nuevo Mundo, principalmente en el siglo XX. La película nos acerca a los núcleos donde se instalaron estos inmigrantes, donde aún perduran algunos miembros de su generación y su descendencia vasco-americana. Viajamos, sobre todo, a Elko, en Nevada. Allí nos adentramos en esta comunidad que todavía conserva rasgos claros de su origen. Estos inmigrantes son auténticos: los hombres que nos encontramos en el Star Hotel son los mismos que podríamos ver en cualquier taberna del País Vasco pero, a su vez, responden a la imagen del nómada que llega desde el Este para buscar un futuro made in USA. Son puros habitantes del Oeste. Sus ropas, sus coches, sus casas, su modo de vida también son netamente americanos, pero hablan euskera. Y qué euskera. Imaginad congelar el habla de la Bizkaia o la Navarra de los años 30, mezclarlo con el inglés de los USA y plantarlo en el siglo XXI. Es un dialecto único, único sobre todo en sus bocas.

Los realizadores consiguen el valor más importante en un documental: la confianza de la realidad que quieren captar. Para poder mostrarla hay que meterse de lleno en ese mundo. Esto es lo más difícil, pero es lo que va a hacer que tu trabajo no sea un simple documento forzado. Sólo cuando te vuelves parte de esa realidad tienes la capacidad de capturarla y el don de enseñarla en forma de película. Por eso, más que escuchar entrevistas a unos personajes, podemos conocer la vida y costumbres de las personas. Los momentos en que nos introducimos en el bar, en la casa o en el rancho junto con ellos, mediante el ojo del realizador, son sin duda los más valiosos. No en vano pasaron más de un mes con ellos, claro.

La película, además, tiene un valor añadido al interés sociológico de los emigrantes vascos o incluso al filológico de su dialecto. Este valor añadido es la edad avanzada de los protagonistas. Si bien casi siempre infravalorado, el discurso de nuestros viejos nos aporta un punto de vista único. Es el de la experiencia, el del recuerdo y la nostalgia, el del que sabe encontrarse al final de un largo camino. Estos valores sólo podemos verlos en los arrugados ojos de nuestros mayores y es fácil abrumarse por la grandeza existencial de lo que dicen. Por eso escuchar las conversaciones de los amerikanuak es doblemente bello.

La forma de contar esta historia es también un acierto. La cámara se esfuerza en captar los lugares para luego acercarse con naturalidad a sus protagonistas. En especial, recoge la inmensidad invernal de los paisajes americanos. Sin duda, la influencia del Oeste no iba a caer en saco roto. Me acuerdo ahora de algunos movimientos de cámara, pequeñas manchas, que interpreto como fallos. Pero en general el estilo es cuidado y apropiado para viajar al mundo de los amerikanuak, para reirnos y emocionarnos con Parrillas y sus compatriotas. La música de Audience ayuda a vestir las imágenes de country y terminar de construir una película cargada de belleza en todos los sentidos.

Villa de Bilbao (II): Draa y Hiverland

El próximo viernes se celebra la final de la sección metal del Villa de Bilbao. Todavía no han anunciado a los grupos, pero me doy prisa en comentar el último concierto del concurso. Fue el pasado viernes en Bilborock.

Empezaron Draa, un grupo joven de Uribe Kosta. Hacen un heavy melódico con tintes progresivos, es decir, canciones elaboradas pero que enganchan. Los temas que tocaron son los mismos que se encuentran en la maketa. Pasan del estribillo melódico a pasajes netamente prog, con cambios de tiempo y un buen lugar para la guitarra solista. La voz y el teclado pueden acercarnos al power metal, pero creo que el espíritu debajo del traje rítmicamente progresivo que visten es más heavy que otra cosa. En directo aún les faltan tablas, el sonido que les sacan no es el mejor posible y algunas piezas estuvieron fallonas, pero al menos demostraron que saben hacer música de calidad. Eso también se nota.

Como parece que en el Villa ordenan a los grupos por afinidades, los siguientes tampoco se alejaban en exceso. Fueron Hiverland, de Donosti. Eso sí, aquí el componente progresivo desaparece y nos quedamos con un grupo de heavy metal clásico. No es un estilo que me atraiga especialmente, por eso es de mérito que este grupo me llamara la atención. Positivamente, claro. Las canciones eran buenas y, sobre todo, se ganaron el escenario. Luego me di cuenta que algún componente de proviene de Azken Garrasia.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Villa de Bilbao (I): Gamora y Denial

Ya se termina el Villa de Bilbao de este año. Bueno, al menos la eliminatoria de la sección de Metal. Luego vendrá la final del día 26. Mañana será el concierto de los dos últimos grupos, Draa y Hiverland. Pero voy a pararme brevemente en la anteúltima cita, la única que he visto esta 23ª edición.

El pasado viernes fue el turno de dos bandas gipuzkoanas. Los primeros, Gamora, se definen como thrash metal. En mi opinión, se acercan más al death. Al menos eso me dieron a entender en su directo, sobre todo por el tratamiento de las guitarras. Es verdad que la batería y la voz no iban por esos derroteros. Es aquí donde se nota la influencia metalcore. En definitiva, sin riesgo a equivocarme, un grupo de metal extremo. Que decida uno mismo la etiqueta. La descarga fue buena.

Los segundos en salir fueron Denial, un grupo que conozco bastante más. Acaban de sacar su segundo disco, que se encargaron de presentar esa noche en Bilborock, aunque siempre en la escasa media hora que ofrece el concurso. En este caso el estilo está claro: black metal sin concesiones (igual unas pocas, muy pocas, al death). Aportan, también, ese toque pagano que se destila tanto por estos lares. Me gustaron más que los anteriores, quizás porque su estilo me atrae más.

Los premios de este concurso son suculentos, por eso la elección es difícil y, al final, se suelen reunir un puñado de grupos que están empezando, pero que calidad no les falta.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Madrid is the dark

El fin de semana de Todos los Santos parecía la fecha propicia para celebrar la segunda edición del Madrid is the Dark. La verdad es que con el cartel bastaba para vivir dos buenas noches de doom. Se merece una breve mención.

El primer día, sábado, lo abrieron los irlandeses Máel Mordha. Su música es básicamente doom metal, pero mezclaza con el folk de la isla. En disco me gustan, lejos de esos grupos de metal supuestamente folkies que mueven legiones hoy en día. En Madrid dieron un buen concierto. Empezó bien el festival. Los siguientes, The 11th Hour, me aburren por mediocres, así que pasé de verles. Así me preparaba para lo que fue el mejor concierto de la cita: Forgotten Tomb. Entre lo doom y lo black, envolvieron a los congregados en la oscuridad que demandaban. En definitiva, se ganaron al público con una impecable interpretación y buena actitud. Los finlandeses Rapture, en cambio, dejaron la sensación opuesta. Salieron justo después de los italianos, y además, no convencieron. Sobrepoblaron el escenario con tres guitarristas y dos cantantes, sumados a los habituales, y aun así no consiguieron el sonido requerido. Su música fue la más pobre del fin de semana. Con esta sensación llegó el turno de los cabezas de cartel, el grupo que más gente esperaba. Primordial, otros irlandeses para la colección, tenían la ventaja de la predisposición del respetable. Mucha gente acudió sólo para ver su actuación. Ya se empezaba a notar la afluencia de gente en la sala Caracol (sold out). De hecho, el calor fue insoportable, lluvia de condensación incluida. Fue lo único que empañó una descarga muy seria de un grupo que en disco destaca por su calidad haciendo una música oscura, aun con toques folk muy particulares. Esa noche Primordial ofrecieron un concierto impecable. Sobre todo, mucha intensidad.

Al día siguiente, la víspera de Todos los Santos, me perdí los primeros grupos: Evadne y Mourning Beloveth. Yo no quería. Así que la noche del domingo empezó de manera inmejorable. Nada más y nada menos que con Alcest. Shoegaze lo llaman. Ellos dicen no querer ser oscuros, pero la verdad es que tienen ese punto. Su música es más fantástica, hipnotizante, ambiental y melódica a la vez; sobre todo, mágica. Su actitud, la de un trío entre tímido y seco, ayuda. En definitiva, Alcest anduvieron cercanos a ese estado del que hemos hablado alguna vez, aunque por derroteros distintos a los que había visto en otros grupos. Sin duda, el concierto de la noche y el más especial del festival. A continuación fue el turno de Esoteric. Los ingleses se volvieron difíciles para el público, cosa inexplicable, pues más que aburrir, dieron una auténtica lección. El requisito era atender a la magistral demostración de doom metal, por extremo que fuera. Los problemas técnicos que les paralizaron por bastantes minutos no ayudaron, la verdad. Swallow the Sun fueron los encargados de cerrar el Madrid is the Dark. Durante todo el fin de semana se habían escuchado propuestas muy diferentes dentro del doom. El turno final era para la parte más melódica, estación adonde parece dirigirse la evolución del grupo finlandés. Algunos compararon sus últimas canciones con Katatonia, más cerca de lo melancólico que de sus cortes death. Puede ser. Digna clausura de un fin de semana de oscuridad y, aquí está la clave, mucha calidad.

Esto en lo musical. En lo demás, la visita a Madrid no decepcionó. Grande, como siempre.

martes, 2 de noviembre de 2010

Betiko Idi Bihotz

Los últimos años de Idi Bihotz, por la calma con la que se tomaban las cosas, predecían o un descanso o el fin del ya mítico grupo. El viernes pasado se despidieron en Bilbao de 14 años de música. El éxito que adquirieron en sus comienzos, si exageramos un poco, marcó una generación entera, entre melenudos que se abrían paso en esta música con su power metal y los jóvenes que atraían por cantar en euskera. En estos años los bizkainos acumularon cinco discos de estudio, un adelantado epílogo en forma de directo y un buen puñado de himnos de txosna y kalimotxo.

Parecía que el Kafe Antzokia iba a quedarse pequeño, pero fue el sitio indicado para reunirse los seguidores más selectos, familia, amigos de toda la vida y compañeros de tablas durante mucho tiempo. Aunque parezca mentira, yo no les había visto nunca. Para la ocasión especial eligieron un set list equilibrado, aunque se notaba la melodía de despedida en muchos de sus primeros temas. Quizá no fue del todo perfecto de lo que debería haber sido una cita tan importante como el último latido de Idi Bihotz, pero en cualquier caso no procede teñir la sangre ardiente de la noche de cosas negativas. La intensidad fue la adecuada, desde los temás más alegremente poweretas hasta una parte central tranquila: luz baja, Mikel, una guitarra y un medley de las baladas del grupo. Cuando tocó "Argia amatatu arte", dos amigos de un grupo de espectadores muy especial para la banda se animó a acompañar a Mikel a las voces. Gu gara bereziak, ez haiek (Nosotros somos los especiales, no ellos). Enorme. Precisamente, la improvisación hizo que la emoción de grupo y respetable fuera mayor que en un concierto cerrado.

La noche fue, ante todo, muy bonita. Como no podía ser de otra manera, se despieron con la canción que bautizó al grupo en 1996. Betiko Idi Bihotz.

domingo, 24 de octubre de 2010

Come on, you lazy bastard!

El western es lo mismo que la historia de América. Es el género referido a un momento concreto de su historia, el de la lucha entre la Ley y la ley del Oeste. El western crepuscular da un paso más. El resultado de esa batalla ya lo conocemos, y este género se coloca en sus últimos coletazos. Poco le falta al crepúsculo para convertirse en la oscuridad de la noche, al igual que ocurrió con la victoria de la Ley. En definitiva, más que la edad gloriosa de conquista y nuevo mundo, lo que rezuman estas películas es decadencia. Esta manta temática arropa y condiciona todo lo demás, tanto en el caso del western clásico como en el crepuscular, al que tanto contribuyó Sam Peckinpah.

Es sobradamente conocida y, con más de 40 años, no es ninguna novedad, pero The wild bunch (Sam Peckinpah, 1696) merece un comentario en este cuaderno virtual, pues hasta ahora no había tenido la oportunidad de masticar semejante obra maestra.



Como con Pat Garret y Billy the Kid, esta vez también se enfrentan dos antiguos compañeros, dos amigos a pesar de todo, aunque la guerra es mucho mayor. Uno, Pike, comanda el
grupo salvaje, dedicado a ganarse la vida aplicando la ley del Oeste. Una vez más, estas reglas morales se verán reflejadas perfectamente en las acciones de sus personajes. Es un experto veterano que pocas veces concede algún error en sus misiones. Interpretado por William Holden, una mezcla de Del Bosque y Cachuli. El otro, Deke Thornton, se encarga de dirigir a una banda de holgazanes carentes de disciplina y talento que persigue al grupo salvaje. Realmente no quiere ajusticiar a sus amigos, pero está obligado por quienes le capturaron. Estos son, precisamente, los de la compañía del ferrocarril, que, como avanzando raíl a raíl, representa el imparable desarrollo de la civilización y el estado provenientes del Este. La clásica batalla americana, pero ya en sus últimas.

Lo que ocurre al otro lado del río Bravo es otra historia, pero con mucho protagonismo en la película, pues casi toda ella transcurre en México. Allí se encuentra Mapache, uno de los generales que movilizan un ejército para alzarse con el poder. Su enemigo principal es Pancho Villa y el pueblo mexicano, así como los indios del lugar. El grupo salvaje se moverá entre todos los bandos, aunque al final prevalecerán los nuevos tiempos, y por encima de todo, con ellos morirá la ley del viejo oeste, nunca traicionada. El actor que interpreta a Mapache, Emilio Fernández, es muy Pinochet. Apropiado.

El avance del western clásico al crepuscular no es gratuito, y la diferencia argumental (más que temática) viene acompañada de una pequeña revolución expresiva.
Una de las críticas mayores que Peckinpah recibió siempre fue la ingente cantidad de violencia en sus filmes. Nunca se había visto tanta sangre y nunca de ese modo, en los desiertos americanos. Lo mismo pasa con los desnudos. Ciertamente salvaje. En The wild bunch también vemos los elementos de la época que terminará con el viejo oeste, el comienzo de lo automático: un automóvil y una metralleta. Junto con todo ello, un estilo renovado, como el récord de cortes en esta película: 3.462. Sin duda, relacionado con el control absoluto que tiene Peckinpah sobre el tiempo. Lo maneja de forma brillante, introduciendo flashbacks apropiados y, sobre todo, ralentizando en momentos de gran carga dramática. En los títulos de crédito congela la imagen para presentar a los actores, llegando incluso a cortar el discurso del cura de un pueblo. Buen preludio de lo que pondrá en práctica. Destaca la planificación de las grandes escenas, a partir de la cual atomiza cada secuencia y las ordena de un modo brillante. No despista al ritmo ni al contenido dramático.

Los niños tienen un lugar privilegiado en el filme. Aparecen en momentos puntuales, pero su importancia es total. Al comienzo Peckinpah nos cuenta todo lo que vamos a ver mediante su juego de infantes: torturar a un escorpión y prenderle fuego. Al final, un niño comete el acto definitivo. Esta última batalla, o mejor dicho masacre, es absolutamente apoteósica. El
grupo salvaje no puede tener otro final. Conducido por un brillante tratamiento de la tensión previa al estallido de violencia, los salvajes saben que ya sólo les puede venir la muerte. Peckinpah dinamita la banda, sus enemigos y la propia película. Los protagonistas se tiran de cabeza, pero mueren con su dignidad impoluta. El relevo de salvajes que se sucede en el epílogo nos recuerda que la siguiente estación a la decadencia es inevitablemente el final.

viernes, 22 de octubre de 2010

Zinemaldia (V): Aita

Llegó el turno de Aita (2010), otra de las grandes esperadas en el Zinemaldi de Donostia. Es el segundo largo de José María de Orbe, sin duda de lo mejor del puñado de películas que pude ver en el festival. Una vez más, ¿ficción?, ¿documental?

Por lo menos, nos queda claro el protagonista del filme. Al contrario de lo que podríamos pensar, no se trata de una historia en torno al padre del director, aunque probablemente estén relacionados. La actriz principal es la casa, o su fantasma. Una casa abandonada, deshabitada. Esta casa (en Astigarraga, antigua vivienda del director) está vigilada, cuidada, mimada en su abandono por un guarda, al viejo estilo del guardabosques. Siempre le acompaña el cura del pueblo. Y así pasamos los minutos, entre sus incursiones por los pasillos del viejo hogar, por las venas de un edificio que definitivamente tiene corazón y vida propia. Seguramente es una vida a punto de desaparecer, pero resuenan por doquier los recuerdos de su juventud, de un pasado floreciente. Conocemos a la señora protagonista de los ojos de algo así como unos jóvenes obreros restauradores y, en otro momento de la obra, también nos acercamos a ella sobre los pasos de cuatro gamberros que entran buscando no sé qué. Incluso una guía de escolares nos habla del pasado señorial de la dorretxe (casa torre). En cualquier caso, durante la mayoría del metraje es el fantasma de la casa el que nos habla.

¿Cómo? Mediante largos planos, tomados desde los ojos de las paredes. Por ejemplo, un largo pasillo completamente a oscuras, hasta que uno de los persona(je)s abre las ventanas, una a una, con respeto, cariño, y éstas permiten iluminarlo. O ese plano de una suerte de amanecer interno, en el que la luz va entrando paulatinamente por un rosetón del techo. Hasta que das cuenta de lo que es, esa imagen nos dice infinidad de cosas, desde una luna que se enciende a la luz al final del túnel. Evocador, desde luego. Escuchamos, cuando hablan, las conversaciones entre guarda y cura. La película fue rodada sin guión, dando rienda suelta a los personajes. El propio De Orbe habla de realidad durante el rodaje reconvertida en ficción a la hora de montar. Y parece que el montaje corría a cargo de la propia casa. En esto radica la genialidad de las conversaciones: desde lo más banal hasta la trascendencia más apabullante, con toques de un humor auténtico.

Me entero ahora de las críticas negativas que recibió en su estreno, frente a las alabanzas. Dos posturas muy encontradas. Lo de siempre: el "no ocurre nada" y la belleza extrema. Entre otras cosas, se calificó a la obra de pretenciosa y hasta inane. Quizá sea pretenciosa, pero esto se limita a la sinceridad de su autor. Yo me quedo con lo bello del resultado, y me creo el proceso intimista necesario para la elaboración de esta obra.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Zinemaldia (IV): Oh uomo!

Este año el Zinemaldia ha tomado una decisión acertadísima, que me animó mucho para acudir con ganas, como fue dedicar una retrospectiva entera al género documental. En los últimos años el cine documental está viviendo una renovación desde dentro muy importante y, seguramente como consecuencia, ha adquirido una importancia en festivales y otras pantallas, después de mucho tiempo siendo el hermano menor de la ficción. El documental, en todas sus formas, merece un espacio propio, por su valor doblemente artístico y social.

En este caso, también histórico. Oh uomo! (Yervant Gianikian, Angela Ricci Lucchi, 2004) es una recopilación de filmes de la Europa de entreguerras. Pero no de cualquier Europa, sino de la más dura, difícil. Comenzamos viendo unas imágenes del ascenso de Mussolini y de invasiones italianas, rescatadas de algún baúl en el que aún sobrevivirán rollos y rollos de cintas olvidadas. Son imágenes mudas. Algún rótulo nos acompaña, separando las bien diferenciadas partes del trabajo y dando alguna que otra explicación informativa, pero no escucharemos ningún diálogo en los 70 minutos de documental. Tras estas secuencias bélicas, veremos las verdaderas consecuencias de la guerra entendida como concepto global, nada personalizado. Empezamos con niños desnutridos de algún orfanato adonde iban a parar los que la violencia separaba de sus padres. Pobriños, podremos pensar. Pero esto no es nada, pues la crueldad va subiendo conforme avanzamos los planos: niños malformados por la Primera Guerra Mundial, soldados mutilados en algún hospital de campaña, varias operaciones, como la de un ojo abierto por la mitad... Cadáveres bien vivos. Lo que más recuerdo son las mutilaciones faciales de veteranos completamente desfigurados. Es imposible imaginar, sin haberlo visto antes, cómo es una cara a la que le falta una pieza.

No es violencia gratuita ni horror porque sí. ¡Nada más lejos de la realidad! Es el resultado del ser humano, ni más ni menos. Oh, uomo! Precisamente, no es nada más que realidad. Una realidad que conviene no dejar olvidar, pues aun hoy en día la mano del hombre (de la mujer, menos) se escapa de la razón y cría estas crueldades en medio mundo. Esta película es de un valor documental tremendo. Para mí, de obligado visionado. Es muy duro, sí, y habrá psicópatas, sanos de empatía, pero la experiencia de Oh uomo! no puede dejar indiferente al resto. Aunque nunca se les haga caso, siempre se habla de las enseñanzas de la historia, y este experimento es buena prueba documental.

Las imágenes, evidentemente en blanco y negro, están tratadas cromáticamente en laboratorio. En el terreno más narrativo, ni diálogos ni prácticamente sonido. El ritmo es más rápido en las imágenes más neutras de la guerra, pero pausado, observador y reflexivo cuando se trata del ver el horror. El silencio se interrumpe en ocasiones para dar paso a una melodía de piano. Aparentemente, sin sentido alguno, pues en ningún caso parece concordar con lo que vemos en la pantalla. Pero sin duda, esto también es parte del experimento, fílmico y humano. La conclusión está clara.

martes, 19 de octubre de 2010

Ufomammut y Moho en Bilbao

Antes de seguir con el Zinemaldi, voy a hacer una parada en un concierto que trajo Wombat Booking a la Santana 27 el pasado 8 de octubre. Los dos grupos tocaron exactamente lo mismo, y al revés de lo que estaba previsto, empezaron Ufomammut por un retraso de los segundos. Y mejor así. Por el bien de la cita, y visto el estilo de cada uno, mejor ese orden.


Alguno salió aburrido del concierto de Ufomammut. Otros hacían poco caso. En cambio, para quienes quisimos conectar con ellos, su concierto fue un viaje indescriptible. Metal experimental, pesado a veces, rápido las menos, repetitivo siempre; la fórmula para llevarte a otro lugar. Un experimento de acordes rítmicos, acompañados de voces limpias o guturales de transistor y un juego especial de luces y proyecciones, obra de Malleus. Quitando algunos momentos desconcertantes, por una inexplicable desconexión de la banda, sólo con la música consiguieron hacernos rozar ese estado meditativo tan añorado.


El siguiente turno fue de Moho. Estos sí que contentaron a todo el mundo. Son perfectos. Les conocí en directo, sin haber escuchado absolutamente nada de ellos, y me dejaron maravillado. Al de un buen tiempo, les volví a ver. Esa noche fue, sin duda, el concierto más especial al que he asistido. Tocaron en el salón de una casa alejada del centro de Bilbao. No seríamos más de 30. Una locura.





Pues bien, sabía que sería imposible de mejorar, pero esta tercera vez consiguieron enchufar al respetable igual que la anterior. Una explosión continua del maravilloso sludge de un grupo con actitud punk y corazón netamente sureño. Los riffs de Moho son los que necesitas en cada momento. Hay algo que les hace únicos dentro de en un estilo que, precisamente, está poblado de bandas bastante similares. Ese algo deja a todo el que presencia un concierto de Moho asombrado por mucho tiempo, consciente de haber sentido el stoner brutal de una noche perfecta.

viernes, 8 de octubre de 2010

Zinemaldia (III): Pa negre

Pa negre (Agustí Villaronga, 2010) es una obra que, aunque de corte convencional y sobre la Guerra Civil española, trata un caso me atrevo a decir inédito, pero seguramente extendido a partir del golpe de estado. Nos recuerda inevitablemente a El laberinto del fauno, tanto por el contexto como por su protagonista (un niño), pero sobre todo por los tintes fantásticos que cubren la historia. Sin duda, con menor presencia que en la obra de Guillermo del Toro. Aquí, nuestro protagonista, un niño de la Cataluña rural, da el aviso de la muerte de un amigo y su padre. A su vez, su propio padre es perseguido por rojo, lo que cambia por completo la vida del niño, al tener que irse a vivir con su abuela por mera supervivencia. El protagonista se encuentra en un constante universo cambiante, donde hasta los más próximos aparecen muy lejanos. La guerra es aún más imcomprensible para un niño. En su camino a lo largo de la película terminará dándose de bruces con la realidad, frente a los ideales que su padre le enseñó a respetar.

No desvelaremos mayor parte del argumento, pero es su carácter real el mayor valor de la película. En este sentido, el final es un gran acierto. El relato está, en general, bien conducido, sin alardes y con agilidad y frescura entre una marabunta demasiado grande de personajes, donde sólo el niño se nos presenta cercano, gracias a la brillante interpretación. Se nota la mano, nada descuidada ni falta de gusto, pero echo en falta más inquietudes formales en la realización de la obra. La ambientación, entre decorados, vestuario y el entorno rural, es perfecta, pero el lenguaje se me hace demasiado convencional. Quizás es una apreciación muy personal, pero la cámara al hombro usada por decreto termina cansándome. Y, sobre todo, me sobran los sermones ideológicos, la mayoría metidos con calzador. Convierten esos pasajes en una suerte de propaganda que, viendo cómo se desarolla la historia y el impacto que tiene sobre el espectador, es realmente innecesaria. Y lo peor de todo, en algunos momentos nos aleja de lo que pasa en pantalla, pues se nos hacen demasiado artificiales. El mayor pecado es cometerlo precisamente durante el clímax.

Las expectativas eran muy altas; igual por eso salí decepcionado. En el mar del festival, esta isla quedaba algo eclipsada, pero quede dicho que se trata de una muy buena obra para salas comerciales.

martes, 5 de octubre de 2010

Zinemaldia (II): Le quattro volte

La frontera entre la ficción en la realidad es muy difusa. Si ya en la vida real nos cuesta diferenciar el hecho de la invención, lo auténtico de lo falso, la verdad de la mentira... en el caso del cine documental (así como de la ficción) es difícil distinguir qué es realidad y qué no. Bien podríamos llegar a concluir que todo está dispuesto por el director, o bien que, al fin y al cabo, todo lo que vemos, en realidad, es real. No es el punto llegar a ser extremistas.

Desde Fake de Orson Welles, el espectador ha creado un caparazón de incredulidad. En algunos casos, estas dudas chocan con la estricta realidad (real) que trata la película, como es el caso de La leyenda del tiempo de Isaki Lacuesta. En otros, el espectador despierta de la ingeniudad al enterarse de que todo era un montaje. Es mejor deleitarse con intentar descubrir esa barrera que separa al documental de la ficción. Entendamos estos nombres como géneros más o menos establecidos y finitos. La dificultad de discernir ambos es mayor si la obra juega al despiste: ¿documental ficcionado o ficción con rostro de documental?

Le quattro volte (Michelangelo Frammartino, 2010) se encuentra en esa frontera. Son cuatro historias reales, aunque no sabemos hasta qué punto. Mientras divagamos sobre el grado de manipulación de esa secuencia o las técnicas narrativas para aquélla, nos atrapa rápidamente tanto la historia como la belleza a la hora de mostrarla. La película nos lleva por el camino de la propia naturaleza, y de la acción del hombre sobre ella. No oímos ningún diálogo, más que el balido de unas cabras dirigidas por un pastor ya anciano (esto me suena). Cuando escapemos a otros lugares, aún seguiremos oyéndolas; el hilo que une las cuatro lejanas realidades también es fino. Nos habremos olvidado del documental y de la ficción, de la delgada frontera entre ambas, para internarnos en un discurso muy bello, que en definitiva nos pone una alfombra (de hierba) directa hacia su destino para darnos cuenta de la mismísima realidad. Al final se trata de poesía.

domingo, 3 de octubre de 2010

Desde Göteborg con amor

Antes de volver con otra película del Zinemaldia de Donostia (la bahía más bonita del mundo, le he leído a Rubén Martín; será que no conoce Plentzia, en el mismo mar), voy a hacer una breve mención a lo vivido anoche en la Rock Star Live de Barakaldo. Es curioso ver cómo este centro comercial de última generación, meca del capitalismo, se inunda periódicamente por una marea negra de amantes de la música. Genial.

La noche empezaba con el ultra thrash de Crysys, un grupo catalán que no parecen haber publicado disco aún, pero que tienen muchas tablas sobre el escenario. Habían sido elegidos por unas votaciones en no sé qué página para telonear esta gira europea en la fecha bizkaina. Con muchas ganas, mucha fuerza y mucha garra, nos escupieron un puñado de temas de thrash metal del rápido y violento, de temas sin tregua pero no necesariamente cortos, con aire de finales los 80. Me gustaron.

El segundo toro de la noche, ya parte del cartel de Where death is most alive, part II, Insomnium, era uno de mis grupos más esperados de los últimos tiempos. Es lo que se lleva ahora: death metal melódico muy influenciado por el doom metal. En definitiva, una música cada vez más oscura y sinfónica, sin olvidar las partes más rápidas. No sé qué comen en Escandinavia, pero la calidad musical que atesora sus gentes es casi sobrenatural. Con un set list casi íntegramente basado en el último disco, Across the dark, sólo una cosa me echó para atrás: las partes de teclado, muy presentes tanto en lo ambiental como en muchas melodías, eran grabadas. No sé la razón, pero me quedo con las ganas de verles en otras condiciones, más tiempo y con una elección de canciones más amplia. De hecho, se olvidaron del disco con el que les conocí: Since the day it all came down. Pero no importó, pues el show fue muy intenso. Cayó Weather the storm, el tema recientemente grabado con Mikael Stanne, el cantante del cabeza de cartel, pero no salió.

Se reservó hasta el momento cumbre de la noche, cuando aparecieron todos los componentes de Dark Tranquillity. Era el turno de los años 90, cuando un nuevo movimiento cocía en Suecia un sonido que revolucionó la escena europea. Ese death metal melódico ha evolucionado a diversos derroteros, algunos más interesantes que otros, aunque con Dark Tranquillity siempre ha ido de la mano de la calidad. Fiel al sonido Göteborg, los suecos han explorado diferentes aspectos de su música, pero siempre se han marcado auténticos discazos (discasos, para algunos). Y lo de anoche fue, precisamente, un conciertazo (consiertaso). Un no parar desde el principio hasta el final, con un brevísimo bis. Las canciones eran las esperadas. No hubo sorpresa: repaso equilibrado a su carrera, desde la primera época que les dio a conocer (nada del Skydancer, por supuesto, ni del The Mind's I) hasta la segunda, más moderna, con especial atención al último trabajo, We are the void. Por encima de las canciones (en el caso de este grupo, que llevan veinte años al máximo nivel, no hay tiempo para todo), destacaron la interpretación, la intensidad y la pasión. La ejecución fue muy buena, así como la puesta en escena, y la actitud del grupo fue impecable. Mikael Stanne estuvo especialmente contento. Era amor puro, sin parar. No sé lo que se había tomado, pero tuvo el acierto de transmitirlo al respetable, con el que comulgaron a la perfección. Ellos estuvieron muy agradecidos. Nosotros, también.

Con esta noche de concierto grande, de grupo importante, se inauguró la temporada de otoño, siempre plagada de conciertos. El verano tiene los festivales, pero poco más. Todo son jaias y verbenas. Como mucho, algún grupo local. Ahora que empieza el frío vuelven las ganas de llenar el calendario. Las visitas de los nuevos y los de siempre se encargán de ello.

Lo próximo será otra película del festival donostiarra, a mi ritmo. Antes me voy al Mundial de Melbourne, repetido. Espero no caer dormido como esta mañana. Se va el ciclismo. De mientras, gracias a la música por estar ahí cuando se le necesita.

martes, 28 de septiembre de 2010

Zinemaldia (I): Addicted to love

Antes de tomar una difícil y relevante decisión, voy a dedicarme a escribir sobre la primera película que vi en el Zinemaldia, recién llegado a la capital gipuzkoana, corriendo desde la estación hasta un Kursaal mañanero pero repleto de gente. Que, por cierto, no paraba de toser.

Esta película es Addicted to love (2010), escrita y dirigida por Liu Hao. Es china, así que uno ya presume lo que va encontrarse, o al menos su ritmo y sus formas. No sé si el espectador occidental está genética y culturalmente preparado para el cine asiático, siempre tan especial. A juzgar por los aplausos del auditorio, podemos pensar que sí. Un europeo puede disfrutar de la poesía oriental, tanto superficialmente, con su belleza y suavidad, como más profundamente.

Un día de mercado, el viejo Pop se encuentra con un antiguo amor. Y la reconoce. Nunca la había visto antes, aunque coinciden en la compra tres veces por semana. Ella es enferma de alzheimer, lo que hará que su hija recelosa le intente proteger del viejo. Curiosamente, no es la única obra sobre esta enfermedad en el festival de este año. Es la enfermedad del siglo XXI, la de la longevidad. Cuestión de que la raza humana se alargue tanto en el tiempo. El anciano, aunque sin el apoyo de sus hijos, hace lo posible por estar con ella y ayudarla a superar el alzheimer, ejercitando su mente con acertijos infantiles y graciosos, que hasta arrancan las carcajadas del público. Al final, el respetable conecta con los personajes. Suele pasar con los más mayores. Será por la comprensión del paso inevitable del tiempo, el deseo de llegar a esa edad tan adorables como los de la pantalla o el miedo a ambas; o las tres.

En Addicted to love, como no podía ser de otra manera, el cuidado del espacio es magistral. La descripción del entorno industrial, el del obrero jubilado, y la colocación de los personajes en una casa humilde absolutamente real se conjuga con una brillante muestra de los paisajes urbanos de este barrio de Beijing, el de verdad. Destaca la alta definición de la imagen, desde el aspecto técnico, aunque lo hace cuando los exteriores se hacen dueño del plano, en toda su bella amplitud. El control de los colores por parte de Liu Hao también agrada. El apartamento es tan rojo como China dice ser, pero se me hace inexplicable que algunos puntos, sobre todo en interiores, estén tan quemados. No sé si es mi ceguera o consecuencia de grabar con esta altísima definición de vídeo, igual demasiado nueva.

La mayoría de los actores no son profesionales. Esto le confiere un carácter sobrio pero real a la línea entre los dos protagonistas, que no es más que una tardía historia de amor, envuelta en las cuestiones familiares y las del olvido, siempre interesantes si uno de los miembros lleva ya mucho tiempo recorrido. El olvido y el recuerdo. La historia está dirigida lentamente, con intervalos para el disfrute sensorial y la reflexión.

El final, más que desconcertante, es que no podía ser de otra manera. Ya lo he decidido. Antes que The Wire, empezaré con The Sopranos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Como disparar a un elefante

Hablar de To shoot an elephant (2009) no es hablar de un documental. Desde el punto de vista formal, poco nos puede aportar esta película. Si no fuera porque el corazón de un documental es la propia realidad. En este sentido, hablar de To shoot an elephant es referirse directamente a su objeto: el conflicto árabe-israelí. Aunque, después de su visionado, utilizar estos términos suene tan asquerosamente occidental.

Quiero decir que este trabajo de campo no hace grandes alardes, ni técnicos ni narrativos. No se trata de explorar las nuevas vías del cine documental. Lo que importa es lo grabado. Y vaya si es importante. La forma apenas supone intermediario, pues el objetivo es mostrar directamente la realidad. Y la realidad no carece ni un ápice de fuerza narrativa. Así, el documental es más que una noticia, más que cualquier relato: supone una fuente absolutamente primaria de la historia actual de Palestina, ese país maltratado perpetuamente por el tiempo. Alberto Arce, cámara al hombro (cámara en mano), siempre acompañado del también director Mohammad Rujailah, se topa en la Franja de Gaza, en pleno trabajo humanitario de un grupo internacional de activistas pro derechos humanos, con la Operación Plomo Fundido. Efectivamente, la masacre que destruyó la Franja Oeste y aisló aún más a sus habitantes de cualquier tipo de ayuda. El estilo es el más directo posible: el que reconoce la cámara como el ojo eterno que nunca olvida, muchas veces buscado por los propios protagonistas, deseosos de que este testimonio llegue al resto del mundo. Nada más ni nada menos: bombardeos a hospitales, ataques a ambulancias, niños asesinados, fósforo, niños sonrientes, madres desgarradas, casas destrozadas, funerales de venganza y un pueblo que no se lo explica. Sólo queda Alá.

El documental no es un análisis del conflicto, ni siquiera superficial. Tampoco lo pretende. No es más que un pedazo de esa realidad asoladora, pero de incalculable valor. Sobran los calificativos o siquiera una descripción de la crueldad, el terror y, en definitiva, la injusticia. Para ello está el documento; suficiente. A pesar de todo ello, a pesar de que está grabado en un lugar y en un momento muy concreto, y más allá de la violencia de la ocupación, me quedo con los momentos que ofrecen una reflexión más amplia: el hombre increpando a la activista extranjera por permitir todo aquello, por ejemplo. Ella no es responsable, y él lo sabe, pero merece gritar, y que le escuchen. La culpa echada ya no a Israel, sino a la comunidad internacional, que mira impasible, a sabiendas de que todo es consecuencia de su ceguera inicial y su pésima gestión. Maldito sentimiento de culpa. Y por supuesto, el epílogo. De escasos segundos, está brillantemente elegido.

La obra da pie a comentar otros problemas de interés, aunque, sinceramente, después de haber visto el dolor de Gaza tan de cerca, se diluyen en la banalidad. Sólo comentar que To shoot an elephant, por lo que parece, ha tenido dificultades en la distribución. Por eso se puede descargar gratuitamente en su página oficial. Sea bienvenido.

Buen momento éste para recomendar una mirada global al conflicto palestino: Fronteras movedizas, las reflexiones de Enric González. Ahora se ha tomado unas vacaciones, del blog pero merece la pena leerle, de verdad. Habrá que decidir si queremos un pueblo donde prevalezca la justicia, pero nadie queda vivo, o uno en que sobrevivan, aunque haya que lamentar errores y llorar lo perdido. Sus píldoras deberían ser, como este documental tosco y directo, obligatorias para el ser humano. Esto existe, y es de verdad.

jueves, 23 de septiembre de 2010

The Beguiled (Don Siegel, 1971)

Ayer comenzó un ciclo con la filmografía de Don Siegel en el Guggenheim. Hoy ya termina. En total habrán pasado cuatro películas del director americano. Es el pedacito de Zinemaldi que se traen a Bilbao, dentro de la retrospectiva sobre el autor que celebra el festival donostiarra.

La que tocó ver fue The Beguiled (1971). En este clásico con sabor a experimento, Clint Eastwood es el seductor. El actor fetiche de Siegel, al menos durante un puñado de películas, es John McBurney, un soldado yankee irresistible que, herido en la guerra civil de los USA, da a parar a un colegio femenino del bando confederado, o, mejor dicho, a una suerte de casa de Bernarda Alba americanizada. The Beguiled es, ante todo, una historia de engaños y mentiras, a veces telenovelescas, pero por momentos, cobra importancia el trasfondo bélico, sobre todo durante las conversaciones entre el hombre del Norte que trae libertad y la negra esclava que dice ser feliz en el Sur, un filón desaprovechado por Siegel. Parece que el ansia libertador de pueblos que no quieren ser liberados existe desde los orígenes del Imperio.

El bueno de Clint es el seductor total, aunque su objetivo sea más militar y de supervivencia que el de saciar su deseo. Desde la adulta directora, pasando por la joven desengañada con los hombres y la adolescente hambrienta de cualquier cosa, hasta llegar a la niña inocente (primerísima de las seducidas y por eso la más terriblemente desencantada), todas son absorvidas por el atractivo del norteño. Todas, a su vez, intentan ganar su amor, incluso si para eso hay que traicionar a la causa confederada. Es la primera parte de la película, cuando se tejen estas tramas, la menos interesante. Siegel actúa de una forma demasiado evidente, a veces hasta de forma molesta, haciendo que el film no se aleje mucho de cualquier culebrón.

Cuando aquello que no acertó a esconder sale a la luz, la película adquiere ese carácter experimental (dentro de ciertos límites) que el propio director le reconoce. En esta segunda parte del film las formas cobran más interés. Se nota que a Siegel se le quiere ir algo la mano, y se le va. Es una buena excusa para disfrutar. A este punto de desfragmentación de la historia en el que se destapa la manta, nos lleva, además, una secuencia central cargada de tensión, brillantemente conducida por Siegel. Aquí podemos aventurar que lo que viene encima de ese internado sureño para mujeres no es cualquier cosa.

El final sólo confirma que esto no era más que un experimento de un director consagrado, su obra más personal, una isla visceral en un mar de pacíficas mentiras.

Cabe destacar un plano que os desvelaría el desenlace. Así que me cayo. Sólo puedo decir que es un subjetivo de McB. Hilarante.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

De crisis y oportunidades (me suena)

Las crisis generan nuevas oportunidades. Eso dicen, y yo me lo creo. Este blog nace de una crisis, la del recién licenciado. No sé si sólo es eso, pero en cualquier caso, he decidido canalizar parte de mi tiempo libre a escribir.

Aquí, mientras me deleito con los placeres mundanos (o debería decir infernales) de Física o Química y un Valencia-Atlético, doy el pistoletazo de salida a este experimento. No sé quién/es será/n mi/s lector/es, ni qué es lo que se va/n a encontrar. Supongo que será una suerte de pensamientos difíciles de escuchar, que encontrarán en estas líneas su única vía de escape. Entre críticas cinematográficas y crónicas musicales, alguna que otra reflexión sobre esto, que es la vida, y unos pocos gritos al viento.

Nos iremos enterando. De mientras, y antes del Oeste, se me ocurre que quizás la mayor de las crisis sea cuando se acaban las pilas del mando.