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miércoles, 20 de octubre de 2010

Zinemaldia (IV): Oh uomo!

Este año el Zinemaldia ha tomado una decisión acertadísima, que me animó mucho para acudir con ganas, como fue dedicar una retrospectiva entera al género documental. En los últimos años el cine documental está viviendo una renovación desde dentro muy importante y, seguramente como consecuencia, ha adquirido una importancia en festivales y otras pantallas, después de mucho tiempo siendo el hermano menor de la ficción. El documental, en todas sus formas, merece un espacio propio, por su valor doblemente artístico y social.

En este caso, también histórico. Oh uomo! (Yervant Gianikian, Angela Ricci Lucchi, 2004) es una recopilación de filmes de la Europa de entreguerras. Pero no de cualquier Europa, sino de la más dura, difícil. Comenzamos viendo unas imágenes del ascenso de Mussolini y de invasiones italianas, rescatadas de algún baúl en el que aún sobrevivirán rollos y rollos de cintas olvidadas. Son imágenes mudas. Algún rótulo nos acompaña, separando las bien diferenciadas partes del trabajo y dando alguna que otra explicación informativa, pero no escucharemos ningún diálogo en los 70 minutos de documental. Tras estas secuencias bélicas, veremos las verdaderas consecuencias de la guerra entendida como concepto global, nada personalizado. Empezamos con niños desnutridos de algún orfanato adonde iban a parar los que la violencia separaba de sus padres. Pobriños, podremos pensar. Pero esto no es nada, pues la crueldad va subiendo conforme avanzamos los planos: niños malformados por la Primera Guerra Mundial, soldados mutilados en algún hospital de campaña, varias operaciones, como la de un ojo abierto por la mitad... Cadáveres bien vivos. Lo que más recuerdo son las mutilaciones faciales de veteranos completamente desfigurados. Es imposible imaginar, sin haberlo visto antes, cómo es una cara a la que le falta una pieza.

No es violencia gratuita ni horror porque sí. ¡Nada más lejos de la realidad! Es el resultado del ser humano, ni más ni menos. Oh, uomo! Precisamente, no es nada más que realidad. Una realidad que conviene no dejar olvidar, pues aun hoy en día la mano del hombre (de la mujer, menos) se escapa de la razón y cría estas crueldades en medio mundo. Esta película es de un valor documental tremendo. Para mí, de obligado visionado. Es muy duro, sí, y habrá psicópatas, sanos de empatía, pero la experiencia de Oh uomo! no puede dejar indiferente al resto. Aunque nunca se les haga caso, siempre se habla de las enseñanzas de la historia, y este experimento es buena prueba documental.

Las imágenes, evidentemente en blanco y negro, están tratadas cromáticamente en laboratorio. En el terreno más narrativo, ni diálogos ni prácticamente sonido. El ritmo es más rápido en las imágenes más neutras de la guerra, pero pausado, observador y reflexivo cuando se trata del ver el horror. El silencio se interrumpe en ocasiones para dar paso a una melodía de piano. Aparentemente, sin sentido alguno, pues en ningún caso parece concordar con lo que vemos en la pantalla. Pero sin duda, esto también es parte del experimento, fílmico y humano. La conclusión está clara.

viernes, 8 de octubre de 2010

Zinemaldia (III): Pa negre

Pa negre (Agustí Villaronga, 2010) es una obra que, aunque de corte convencional y sobre la Guerra Civil española, trata un caso me atrevo a decir inédito, pero seguramente extendido a partir del golpe de estado. Nos recuerda inevitablemente a El laberinto del fauno, tanto por el contexto como por su protagonista (un niño), pero sobre todo por los tintes fantásticos que cubren la historia. Sin duda, con menor presencia que en la obra de Guillermo del Toro. Aquí, nuestro protagonista, un niño de la Cataluña rural, da el aviso de la muerte de un amigo y su padre. A su vez, su propio padre es perseguido por rojo, lo que cambia por completo la vida del niño, al tener que irse a vivir con su abuela por mera supervivencia. El protagonista se encuentra en un constante universo cambiante, donde hasta los más próximos aparecen muy lejanos. La guerra es aún más imcomprensible para un niño. En su camino a lo largo de la película terminará dándose de bruces con la realidad, frente a los ideales que su padre le enseñó a respetar.

No desvelaremos mayor parte del argumento, pero es su carácter real el mayor valor de la película. En este sentido, el final es un gran acierto. El relato está, en general, bien conducido, sin alardes y con agilidad y frescura entre una marabunta demasiado grande de personajes, donde sólo el niño se nos presenta cercano, gracias a la brillante interpretación. Se nota la mano, nada descuidada ni falta de gusto, pero echo en falta más inquietudes formales en la realización de la obra. La ambientación, entre decorados, vestuario y el entorno rural, es perfecta, pero el lenguaje se me hace demasiado convencional. Quizás es una apreciación muy personal, pero la cámara al hombro usada por decreto termina cansándome. Y, sobre todo, me sobran los sermones ideológicos, la mayoría metidos con calzador. Convierten esos pasajes en una suerte de propaganda que, viendo cómo se desarolla la historia y el impacto que tiene sobre el espectador, es realmente innecesaria. Y lo peor de todo, en algunos momentos nos aleja de lo que pasa en pantalla, pues se nos hacen demasiado artificiales. El mayor pecado es cometerlo precisamente durante el clímax.

Las expectativas eran muy altas; igual por eso salí decepcionado. En el mar del festival, esta isla quedaba algo eclipsada, pero quede dicho que se trata de una muy buena obra para salas comerciales.

martes, 5 de octubre de 2010

Zinemaldia (II): Le quattro volte

La frontera entre la ficción en la realidad es muy difusa. Si ya en la vida real nos cuesta diferenciar el hecho de la invención, lo auténtico de lo falso, la verdad de la mentira... en el caso del cine documental (así como de la ficción) es difícil distinguir qué es realidad y qué no. Bien podríamos llegar a concluir que todo está dispuesto por el director, o bien que, al fin y al cabo, todo lo que vemos, en realidad, es real. No es el punto llegar a ser extremistas.

Desde Fake de Orson Welles, el espectador ha creado un caparazón de incredulidad. En algunos casos, estas dudas chocan con la estricta realidad (real) que trata la película, como es el caso de La leyenda del tiempo de Isaki Lacuesta. En otros, el espectador despierta de la ingeniudad al enterarse de que todo era un montaje. Es mejor deleitarse con intentar descubrir esa barrera que separa al documental de la ficción. Entendamos estos nombres como géneros más o menos establecidos y finitos. La dificultad de discernir ambos es mayor si la obra juega al despiste: ¿documental ficcionado o ficción con rostro de documental?

Le quattro volte (Michelangelo Frammartino, 2010) se encuentra en esa frontera. Son cuatro historias reales, aunque no sabemos hasta qué punto. Mientras divagamos sobre el grado de manipulación de esa secuencia o las técnicas narrativas para aquélla, nos atrapa rápidamente tanto la historia como la belleza a la hora de mostrarla. La película nos lleva por el camino de la propia naturaleza, y de la acción del hombre sobre ella. No oímos ningún diálogo, más que el balido de unas cabras dirigidas por un pastor ya anciano (esto me suena). Cuando escapemos a otros lugares, aún seguiremos oyéndolas; el hilo que une las cuatro lejanas realidades también es fino. Nos habremos olvidado del documental y de la ficción, de la delgada frontera entre ambas, para internarnos en un discurso muy bello, que en definitiva nos pone una alfombra (de hierba) directa hacia su destino para darnos cuenta de la mismísima realidad. Al final se trata de poesía.

martes, 28 de septiembre de 2010

Zinemaldia (I): Addicted to love

Antes de tomar una difícil y relevante decisión, voy a dedicarme a escribir sobre la primera película que vi en el Zinemaldia, recién llegado a la capital gipuzkoana, corriendo desde la estación hasta un Kursaal mañanero pero repleto de gente. Que, por cierto, no paraba de toser.

Esta película es Addicted to love (2010), escrita y dirigida por Liu Hao. Es china, así que uno ya presume lo que va encontrarse, o al menos su ritmo y sus formas. No sé si el espectador occidental está genética y culturalmente preparado para el cine asiático, siempre tan especial. A juzgar por los aplausos del auditorio, podemos pensar que sí. Un europeo puede disfrutar de la poesía oriental, tanto superficialmente, con su belleza y suavidad, como más profundamente.

Un día de mercado, el viejo Pop se encuentra con un antiguo amor. Y la reconoce. Nunca la había visto antes, aunque coinciden en la compra tres veces por semana. Ella es enferma de alzheimer, lo que hará que su hija recelosa le intente proteger del viejo. Curiosamente, no es la única obra sobre esta enfermedad en el festival de este año. Es la enfermedad del siglo XXI, la de la longevidad. Cuestión de que la raza humana se alargue tanto en el tiempo. El anciano, aunque sin el apoyo de sus hijos, hace lo posible por estar con ella y ayudarla a superar el alzheimer, ejercitando su mente con acertijos infantiles y graciosos, que hasta arrancan las carcajadas del público. Al final, el respetable conecta con los personajes. Suele pasar con los más mayores. Será por la comprensión del paso inevitable del tiempo, el deseo de llegar a esa edad tan adorables como los de la pantalla o el miedo a ambas; o las tres.

En Addicted to love, como no podía ser de otra manera, el cuidado del espacio es magistral. La descripción del entorno industrial, el del obrero jubilado, y la colocación de los personajes en una casa humilde absolutamente real se conjuga con una brillante muestra de los paisajes urbanos de este barrio de Beijing, el de verdad. Destaca la alta definición de la imagen, desde el aspecto técnico, aunque lo hace cuando los exteriores se hacen dueño del plano, en toda su bella amplitud. El control de los colores por parte de Liu Hao también agrada. El apartamento es tan rojo como China dice ser, pero se me hace inexplicable que algunos puntos, sobre todo en interiores, estén tan quemados. No sé si es mi ceguera o consecuencia de grabar con esta altísima definición de vídeo, igual demasiado nueva.

La mayoría de los actores no son profesionales. Esto le confiere un carácter sobrio pero real a la línea entre los dos protagonistas, que no es más que una tardía historia de amor, envuelta en las cuestiones familiares y las del olvido, siempre interesantes si uno de los miembros lleva ya mucho tiempo recorrido. El olvido y el recuerdo. La historia está dirigida lentamente, con intervalos para el disfrute sensorial y la reflexión.

El final, más que desconcertante, es que no podía ser de otra manera. Ya lo he decidido. Antes que The Wire, empezaré con The Sopranos.

jueves, 23 de septiembre de 2010

The Beguiled (Don Siegel, 1971)

Ayer comenzó un ciclo con la filmografía de Don Siegel en el Guggenheim. Hoy ya termina. En total habrán pasado cuatro películas del director americano. Es el pedacito de Zinemaldi que se traen a Bilbao, dentro de la retrospectiva sobre el autor que celebra el festival donostiarra.

La que tocó ver fue The Beguiled (1971). En este clásico con sabor a experimento, Clint Eastwood es el seductor. El actor fetiche de Siegel, al menos durante un puñado de películas, es John McBurney, un soldado yankee irresistible que, herido en la guerra civil de los USA, da a parar a un colegio femenino del bando confederado, o, mejor dicho, a una suerte de casa de Bernarda Alba americanizada. The Beguiled es, ante todo, una historia de engaños y mentiras, a veces telenovelescas, pero por momentos, cobra importancia el trasfondo bélico, sobre todo durante las conversaciones entre el hombre del Norte que trae libertad y la negra esclava que dice ser feliz en el Sur, un filón desaprovechado por Siegel. Parece que el ansia libertador de pueblos que no quieren ser liberados existe desde los orígenes del Imperio.

El bueno de Clint es el seductor total, aunque su objetivo sea más militar y de supervivencia que el de saciar su deseo. Desde la adulta directora, pasando por la joven desengañada con los hombres y la adolescente hambrienta de cualquier cosa, hasta llegar a la niña inocente (primerísima de las seducidas y por eso la más terriblemente desencantada), todas son absorvidas por el atractivo del norteño. Todas, a su vez, intentan ganar su amor, incluso si para eso hay que traicionar a la causa confederada. Es la primera parte de la película, cuando se tejen estas tramas, la menos interesante. Siegel actúa de una forma demasiado evidente, a veces hasta de forma molesta, haciendo que el film no se aleje mucho de cualquier culebrón.

Cuando aquello que no acertó a esconder sale a la luz, la película adquiere ese carácter experimental (dentro de ciertos límites) que el propio director le reconoce. En esta segunda parte del film las formas cobran más interés. Se nota que a Siegel se le quiere ir algo la mano, y se le va. Es una buena excusa para disfrutar. A este punto de desfragmentación de la historia en el que se destapa la manta, nos lleva, además, una secuencia central cargada de tensión, brillantemente conducida por Siegel. Aquí podemos aventurar que lo que viene encima de ese internado sureño para mujeres no es cualquier cosa.

El final sólo confirma que esto no era más que un experimento de un director consagrado, su obra más personal, una isla visceral en un mar de pacíficas mentiras.

Cabe destacar un plano que os desvelaría el desenlace. Así que me cayo. Sólo puedo decir que es un subjetivo de McB. Hilarante.