miércoles, 9 de febrero de 2011

El poder de la txalaparta y sus nómadas

La txalaparta necesita dos personas para sonar. Para sonar de verdad. Los sonidos rítmicos y constantes de su percusión surgen de la conversación, del toma y daca, de dos músicos. Txalaparta es comunicación e interactuación. Uno pregunta y el otro contesta. Uno afirma y el otro le niega. Ttakuna pone el orden. Herrena, el caos. Pero se complementan. Su sonido se suele utilizar, en las películas, para ambientar paisajes de montaña vasca. El intrumento está estrechamente unido a la cultura vasca. Sin embargo, cualquier músico verá algo más en sus tablas de madera.

Igor Otxoa y Harkaitz Martínez de San Vicente, los de Oreka TX, saben sacar lo máximo del instrumento. Muchas veces relegada a mero florero del folklore vasco, la txalaparta es más. Estos dos músicos llevan muchos años sacando música de esos golpes, que parecen de locos, y hace ya un lustro cogieron sus mochilas, dentro las tablas de madera, y a dar la vuelta al mundo. Llevaron a su máxima expresión el sentido comunicativo que emana de la percusión de la txalaparta, poniendo en contacto este trocito de sonido vasco con otros habitantes del planeta.

Durante el viaje, pusieron en común las diferentes formas de expresión que se encontraron en la India, Laponia, Mongolia y el Sáhara, todas alrededor de la fuerza comunicativa de la txalaparta. La misticidad del Ganges, la fría nieve del círculo polar ártico, las colinas que recorren los jinetes mongoles y la arena del desierto poco tienen que ver entre sí. Estos dos músicos, acompañados de una cámara, recogen lo necesario para mezclarlo y hacer una música que aglutine a todos, que sirva como canal de comunicación entre las diferentes culturas. La txalaparta hace esa labor.

Parece que lo único que une a la raza humana, con hijos tan diferentes en un mundo de mundos, inmenso, es la globalización, que nos coloca a todos en el mismo sitio. La globalización, la mundialización, por supuesto, de un solo concepto de entender la vida humana. Oreka TX, viajando hacia lo más primario, a la música más básica de las diferentes culturas del hombre, captura la esencia humana y la traduce al idioma de la música. Sin ningún problema de comprensión. Demuestran que globalización es otra cosa bien distinta. No es imposición de una cultura única, sino diálogo: el mismo diálogo musical que vemos entre los dos txalapartaris y las gentes que se encuentran.

De ese viaje, de ese diálogo, sale una música única (instrumento único incluído: txalaparta de hielo) y un documental en forma de road movie musical: Nömadak TX (2006), dirigido por Raúl de la Fuente. La película (que ahora se puede ver por eitb.com, aunque los supuestos subtítulos no se ven porque están cortados: ¡bravo!) es un bello testigo del viaje total. Los dos txalapartaris, haciendo de nómadas, marchan en un viaje por las expresiones más esenciales de los pueblos. No sabemos si el producto final, la composición verdaderamente global, la fabrican o más bien la sacan de dentro. Este caso particular nos sirve, más que para el manido "conocer otras culturas", para descubrir la posible comunicación armoniosa (y rítmica) entre ellas. Como en la txalaparta, ttakuna y herrena, se complementan. Uno y dos. El grande que se lo come todo no está invitado. Una vez más, urgar en el fondo de lo individual es el mejor camino para llegar a lo colectivo.

Por cierto, a la composición final se une Mikel Laboa.

lunes, 31 de enero de 2011

Thin Lizzy por Phil Lynott

Llevan el nombre Thin Lizzy, pero muchos lo llaman banda de tributo. Si de lo que se trata es de rendir tributo a Phil Lynott, fallecido en 1986 y alma absoluta del grupo irlandés, acepto el nombre. Si se refiere a los que visitaron este sábado la Rock Star Live de Barakaldo como banda de versiones, entonces, menudo lujo de banda de versiones. Visto el resultado, creo que merecen llamarse Thin Lizzy. El respeto eterno por Phyl Linott y la calidad mostrada sobre el escenario les concede ese honor.

El grupo venía comandado por Ricky Warwick haciendo las del mulato irlandés. Todas las miradas se centraban en él, pues tenía un dificilísimo papel que cumplir. Cada uno en su registro, se acopló sin problema a las canciones de Thin Lizzy en las labores de cantante. No necesitaba mucho trabajo como frontman, pues el plantel de la banda que le acompañaba hacía el resto. Al contrario que en la última reunión, el batería Brian Downey se unió a la fiesta, sin duda la novedad de la cita. Junto con el percusionista, otro original de Thin Lizzy pisaba las tablas: Scott Gorham. Mientras éste ponía la dosis de clase necesarias, el genial Vivian Campbell era el plato fuerte de las cuerdas. Su calidad casi convirtieron la sustitución de Lynott en tarea fácil. Completaban la alineación las teclas de Darren Wharton (incluso ayudó a cantar Still in love with you) y el bajo de Marco Mendoza. Este mexicano es un monstruo.

A la interpretación brillante de estos superclase de la música se le unió un perfecto empaque y la tremenda actitud que demostraron tener frente al público, que tenía ganas de disfrutar del sonido Lizzy, parido por el irlandés, aunque fantásticamente puesto en circulación durante esta gira por el sexteto. Parece ser que la edad no conciona el estado de forma de los actuales Thin Lizzy.

El respetable, previamente calentado por Supersuckers, que no tuve ocasión de ver, tenía muchas ganas de escuchar las guitarras dobladas características de la banda irlandesa. Hacía años que no podían disfrutar de ellas. Algunos habrán podido ver a Lynott en vida. Los más jóvenes, que, todo hay que decirlo, éramos los menos, no hemos tenido esa suerte, así que el concierto de este grupo era lo máximo a lo que podemos aspirar. Se respiraban recuerdos entre el público. Olía a cuero y gasolina. Are you ready? Sí. Estábamos preparados.

Rápidamente siguieron con la coreable Waiting for an alibi y, casi sin parar, la celebrada Jailbreak. Thin Lizzy estaban enchufadísimos. Con actitud y ganas pasó la primera parte, que paró con la relajada Still in love with you con el gran Vivian Campbell a las cuerdas. Siguió el hit Whiskey in the jar y la genial Emerald. Antes de que la gente cantara, con muchas ganas, Cowboy song, Downey demostró que no está mayor para la batería y se marcó un intenso solo. Era su carta de representación. Pocas veces tenía tanto sentido un solo de batería, algo con lo que algunos se empeñan en aburrirnos. Antes del primer bis llegó la más conocida, The boys are back in town. No por ello menos grande.

Con los nombres del cartel era imposible una interpretación falta de calidad. Ademas, estos Thin Lizzy le pusieron sentimiento. Ricky pasó el examen con nota, aunque sin duda le sobra el instrumento. Quizás se le haga raro cantar sin guitarra (en algún tema lo hizo), pero para el sonido Thin Lizzy sólo son necesarias dos. La tercera no hacía nada más que ensuciar el resultado, aunque sí endureció las canciones. Un detalle menor, en cualquier caso, pues las maravillosas melodías dobles ganaron la partida.

Volvieron con Rosalie y Bad reputation para hacer el segundo bis y despedirse definitivamente con Black Rose. Entre aplausos y sonrisas cerraron una noche de satisfacción, recuerdos y hard rock. Por Phil Lynott.

jueves, 27 de enero de 2011

El café atómico

No sé cómo no estamos todos muertos. No sé cómo no salimos calcinados de la Guerra Fría. No sé, de hecho, cómo no estamos podridos de radioactividad. Ahora mismo. Aún hoy, las armas nucleares siguen cociéndose bajo las oscuras capas de desinformación que tapan todo lo inadecuado. Tejida con cantos a la democracia y los derechos humanos, la tela de la más putrefacta araña bien se encarga de mantener nuestros ojos lejos de lo que hay debajo, donde las relaciones interestatales no conocen escrúpulo alguno.

Cuando uno ve un documental como The atomic cafe (1982), experimenta uno de esos momentos de revelación cuasi divina. Confirma su creencia. Y eso que habla del pasado. Concretamente de los primeros años de la carrera atómica. Nos sirve, sin embargo, como genial manual de instrucciones para descifrar el presente.

Jayne Loader, Kevin Rafferty y su hermano Pierce recopilaron, tras una ardua investigación sobre aquellos días, un montón de material fílmico grabado durante la guerra nuclear que se empezó a fraguar entre los Estados Unidos y la Unión Soviética nada más terminar la Segunda Guerra Mundial. Se hicieron con noticiarios, películas producidas por el gobierno estadounidense, vídeos destinados al ejército americano, publicidad y diversos programas de radio y televisión y lo montaron de la manera más divertida y significante posible. No hay narrador ni hilo conductor semejante más que el buen arte del montaje, más expresivo que nunca.

La reflexión está clara: ¿nadie era consciente, entre los años 40 y 60, de la locura nuclear? The atomic cafe es una invitación a ver los acontecimientos políticos con perspectiva, algo que, aplicado a nuestros ajes diarios, ayudaría a comprender y desenredar nudos ininteligibles. Posiblemente tendríamos la misma sensación que tenemos al ver este material. Seríamos conscientes de la sinrazón y, sobre todo, de sus formas de justificación. Los autores proponen un nuevo texto partiendo de la unión de documentos primarios de índole bien diferente. Las virtudes del montaje del documental son básicamente dos: el discurso brillantemente explicativo que nos ofrece, revelador y clarificador, y la eterna ironía frente a las actitudes de los ciudadanos americanos de entonces (el punto de vista es el de los USA), siempre presente en las reflexiones. Algunos de esos documentos, ciertamente, ya serían irónicos y reveladores por sí solos, pero en el marco de este perspicaz trabajo de desarchivación, recobran un poder narrativo desconocido y, no nos olvidemos, utilidad.

miércoles, 26 de enero de 2011

Balada triste y otras canciones

La misma semana que llegan a un acuerdo PSOE, PP y CiU para aprobar la Ley Sinde, me he animado a recuperar el blog, que este año aún no lo he estrenado. Aunque la vi hace un mes, tenía pensado comentar algo sobre la última película de Álex de la Iglesia, Balada triste de trompeta (2010), pero ha sido su dimisión de la Academia de Cine la que me ha impulsado definitivamente.

Escuece especialmente que Álex de la Iglesia haya tenido que dimitir de su cargo. No porque fuera un genial gestor y representante (intuyo, por la reacción de muchos compañeros y lo que se espera de los Goya, que sí, efectivamente, sí lo ha sido; pero tampoco tengo datos suficientes para afirmarlo), sino por las razones que le han llevado a ello, a la vista de todo el mundo las últimas semanas. Cuando el PSOE presentó la Ley Sinde a las Cortes (en realidad, un pequeño apartado de una ley económica mucho más amplia), el revuelo que se montó, especialmente en este mundo que llamamos Internet, fue de órdago. La Ley, que conocemos por el nombre de la ministra (con varios episodios controvertidos en su currículum político), puso a los ususarios de Internet, un grupo que ya ha demostrado anteriormente su capacidad de presión, en contra del Gobierno. Todos en bloque contra lo que suponía un ataque a nuestros derechos.

En toda la prensa y foros se dibujaba la lucha entre dos grupos irreconciliables: por una parte, un gran bloque de usuarios y ciudadanos, más numeroso que poderoso, y por otra, ell Gobierno, de la mano del lobby de la industria y los autores, más poderoso que numeroso. Pero a este dibujo en blanco y negro le faltaban los grises.

Álex de la Iglesia, director de la Academia (lo será hasta los Goya), sabiendo que las historias entre buenos y malos son más propias del cine que de la realidad, propuso un debate sereno, de propuestas, entre industria, autores y usuarios. Cualquier ser humano con dos dedos de frente sabrá que éste no es más que el procedimiento adecuado para llegar a acuerdos entre las partes y, eventualmente, legislar cuando es necesario. Pero en este Reino, y me temo que en el resto del planeta, no se destila aquello del sentido común. El Gobierno iba por otro lado.

Sentando como bases el respeto mutuo, la comprensión y la serenidad, ingredientes imprescindibles para el debate, Álex de la Iglesia, de manera casi personal, propició el acuerdo entre las partes, tan alejadas en principio. No sin éxitos, por cierto, pues las posturas fueron encontrándose, hasta llegar a hacer propuestas que parecían contentar a todos. No era el final, pero iban por buen camino. De los resutados de las reuniones, además, nos enteramos por el invento de las redes sociales. Al menos sirvió para darse cuenta de que tanto el mundo de la industria como el de los autores o usuarios lo componen personas normales, y no grandes tiburones. Los gigantes, ajenos a este mundo, estaban reuniéndose en otro lugar muy diferente.

Hasta que, de pronto, los políticos demostraron estar más lejos que nunca de sus representados y, como si no supieran por dónde les da el aire, los grupos parlamentarios socialista, popular y catalán (ay, duele llamarlos así) acuerdan la nueva Ley, que contentará, efectivamente, a un grupo minúsculo de tiburones. Así tiran por la borda el esfuerzo del plancton en hacer las cosas bien. Y, como resultado, la dimisión de Álex de la Iglesia, supongo que atónito.

Esto es sólo un ejemplo más de la mentira en que vivimos. Pero yo venía a hablar de una película, ¿no? Y una de las nuevas, además. De las que aún se pueden ver en los cines. Seguramente todos sepáis su argumento: dos payasos de un circo de época franquista están enamorados de la misma trapecista y harán lo que sea por quedársela. Este triángulo amoroso viaja a lo largo del tiempo, desde el corazón de la dictadura hasta los años 70, en un barco lleno disparates al más puro estilo De la Iglesia. Quizás la locura sea mayor que nunca.

El film empieza con la historia previa del payaso triste, el gran Carlos Areces, uno de los puntos fuertes de la película. Así se explica tanto su papel como su elección de ser payaso. Su padre, también clown, fue uno más entre las víctimas de la represión franquista. Destacan los títulos de crédito, un brillante viaje por la historia del Reino, y funcionan como elípsis hasta que el relato nos lleva a la edad adulta de Areces, donde entra a trabajar en el circo. Allí conoce a la mujer de la que se enamora y a su novio y rival, el payaso alcohólico y maltratador, pero triunfador jefe. Y aquí, cuando aún nos queda prácticamente toda la película, comienza la locura. Al final es un viaje de humor, una serie de sucesos desternillantemente decadentes, con la excusa de la crítica histórica (el personaje de Franco es absolutamente genial) y la forma del esperpento. Viajamos casi desconcertados por muchos pasajes de la obra. Los personajes parecen estar lejos de nosotros. Sus actos, reacciones y decisiones se nos hacen extraños. Esta falta de identificación ha sido sin duda buscada por De la Iglesia. Forma parte de la locura. El único personaje con el que nos podemos identificar es el motorista bala, el gran Alejandro Tejería. Y es más por dolor y pena.

Podemos pensar que en ocasiones la película se escapa de las manos del director a la vez que se le va la olla. Los momentos demasiados desconcertantes pueden romper el encanto, pero en lo global Balada triste de trompeta se convierte en un minucioso y trabajado relato de humor decadente, con cuya brutalidad, al menos, nos hemos reído.

¿Y vosotros, de qué circo habéis salido?

domingo, 19 de diciembre de 2010

Casas Viejas

La República de España tenía perdida la guerra civil antes de la última batalla. Quizás antes de que empezara. Entre otras cosas, por la desunión de los republicanos, nacionalistas y revolucionarios. La distancia entre la autoridad republicana y la izquierda popular se fue cociendo durante los pocos años que duró el intento republicano. En enero de 1933 se vivió uno de los episodios que ayudó al descontento ciudadano. Decepcionados con el devenir de la República, las clases trabajadoras habían comenzado a presionar al gobierno en busca de la revolución. El gobierno, mientras tanto, tenía a la élite burguesa en los sillones y los fascistas llamando a la puerta. En esas se encontraba España, en medio de una huelga general, cuando al pueblo gaditano de Casas Viejas llegó la noticia del levantamiento anarquista, que sería seguido por toda la República. Al final sólo se sublevaron los cenetistas de Casas Viejas, que fueron contestados con una durísima represión de la Guardia Civil y la Guardia de Asalto: la casa donde se encontraban los dirigentes de la sublevación y sus familias fue incenciada y el resto del pueblo fue torturado y fusilado aleatoriamente, ajusticiado durante los meses siguientes. El levantamiento del pueblo lo siguieron pocos en Casas Viejas y nadie en el resto de España, pero, como se dice que ordenó el presidente Azaña, "no quiero heridos: los tiros a la barriga".

Las consecuencias de estos sucesos fueron decenas de muertos y represaliados, una polémica en toda la República por la actuación del gobierno, investigaciones parlamentarias, el descrédito hacia la clase política y el alejamiento de la izquierda del recién estrenado sistema de gobierno. La noticia tuvo su alcance fuera de España. De esto se sirve Basilio Martín Patino para crear este documental en 1996, dentro de la serie Andalucía: un siglo de fascinación. Y no es que utilizara alguna filmación o documento de la época encontrado, sino que lo crea él mismo. Crea al periodista de guerra británico, cuyas imaginarias grabaciones en Andalucía pasan a manos de los soviéticos, y junto con algunas entrevistas (fraudulentas o no) y testimonios reales de los actuales habitantes del pueblo gaditano, publica este trabajo de reconstrucción de la tragedia de Casas Viejas.

Si algo es Martín Patino es, sin duda, comprometido y valiente, pues a lo largo de su carrera ha esquivado la censura franquista por lo pelos. Aún no me explico cómo un documental como Caudillo pudo ver la luz en 1974. Se puede decir que El grito del Sur: Casas Viejas es el perfecto ejemplo de la dramatización histórica. Rodeado siempre del debate sobre la veracidad del documental, podemos creer que este tipo de trabajos son válidos si ayudan a conocer la realidad (histórica o no) de los sucesos. El director nunca intenta engañar. Los créditos no se visten de mentira, pero además los aspectos narrativos y técnicos de la parte que corresponde a la película del documentalista británico no dejan lugar a dudas. Están grabados con una planificación que casi duele a la vista. El montaje es clásico y muy elaborado, nada que ver con lo que alguien podría haber realizado en esa situación. Hay cortes muy ficcionales y perfectos encuadres de figuras que aún no han entrado en plano. La textura, además, es de vídeo, con una triste capa que lo intenta asemejar a película. Muy lejos, por ejemplo, de los documentos cinemátograficos de La batalla de Chile de Patricio Guzmán. Basilio cuenta irremediablemente con ello, por eso creo que no engaña. Pero al margen de las discusiones entre ficción/realidad y engaño/sinceridad, El grito del Sur es válido como mirada a los hechos desde el final de siglo, reflexión anarquista del levantamiento de Casas Viejas y llanto de una aldea casi apagada por el fuego de la represión.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Getxo, akordaten zara?

Herri baten altxor preziatua da bere nagusien oroimena. Eso reza la sinopsis de Getxo, akordaten naz 2, el segundo de dos documentales sobre la historia del municipio bizkaino. O lo que es lo mismo: El recuerdo de sus mayores es un preciado tesoro del pueblo. No le falta razón.

Se trata de dos trabajos, sólo que la segunda parte es la que se ha estrenado este año. Están dirigidos por Aitor Gisasola y producidos por la revista UK. El tronco es el trabajo de documentación de Fredi Paia. El espíritu de ambos casa mucho con mi admiración por lo que nuestros mayores pueden contarnos sobre el devenir de nuestra familia, la historia cercana de nuestros pueblos o, sin más, sobre la vida. Y por la forma en la que nos lo cuentan: vemos recuerdos de otra época a través de las arrugas, síntoma imparable del paso del tiempo. No es la primera vez que me leéis decir algo parecido, y seguramente no será la última. En una sociedad cada vez más poblada por mayores (aunque no estoy seguro de si mi generación podrá colaborar en seguir deformando la pirámide demográfica o morirá en el intento), siento que impera un, no sé si desprecio, pero sí desde luego un desinterés por la vida de los mayores, por su conversación y por el mundo del que provienen, casi siempre rural o, si no, industrial, pero del auténtico.


No voy a enrollarme contando el origen de mis abuelos, pero es bien distinto de los testimonios que se pueden ver en Getxo, akordaten naz. Por eso este documental me sirve aún más para conocer el lugar donde vivo, producto de la mezcla de familias de agricultores o arrantzales, de ricos llegados directo al palacete de invierno, de obreros, y del mayor número de gente, los de clase media llegados hace tres décadas. En cualquier caso, este trabajo está bien lejos de los libros de historia. El acercamiento es bien distinto: aquí se trata de dar manga ancha a los mayores, entrevistados en frente de la cámara. Lo importante es el contenido de los testimonios, el inconmensurable valor del testigo de una generación bien entrada en años que deberíamos saber apreciar. Sólo ellos pueden hablarnos de lo que fue de forma tan directa, pero no podrán hacerlo por siempre.

Getxo ha cambiado muchísimo en el último siglo. Desde Azkorri hasta Areeta, sus pueblos y barrios han seguido evoluciones distintas, acogiendo gente diferente, pero siempre creciendo de una manera bestial (y eso que no es la zona que más ha sufrido). Como en el resto de Bizkaia, los cambios en los modelos de vida han dado paso a una remodelación del territorio. Es fácil intuirlo en lo que nos cuentan los mayores: los baserris que dieron nombre a las calles de ahora, llenas de bloques de pisos; el arenal que cubría lo que hoy son casas y casas; el pantano que cuando llueve aún asoma bajo el cemento; las viejas mansiones que parecen igual que antaño; el tren que casi no pasaba, pero dejaba ver sus vías y estaciones sobre la tierra en vez de bajo ella... Getxo ha cambiado, pero también la forma de vivir de los getxoztarras. En las entrevistas impera lo cotidiano y familiar sobre cualquier otra consideración: nos hablan de sus juegos de niños, del trabajo en el campo o en el puerto, de la mitología, de los ünguentos, de la guerra, de los franquistas... Todo ello en un exquisito y único euskera que, tristemente, está a punto de desaparecer. Me refiero al dialecto de Uribe Kosta, comarca de erdeldunes y euskaldunbarris. Es una pena, pero gracias a un buen trabajo de campo podrá conservarse, al menos académicamente (éste trabajo se está realizando, afortunadamente; aprovecho para recomendar el recién publicado diccionario topográfico Getxoko izenak, otra joyita). También por eso, este documental es doblemente importante. Los que no tuvimos la suerte, tendremos que hacer lo posible para que no se pierda esta particular forma de hablar euskera. Vale, sí, parece una utopía. Ya sé cómo es Getxo.

He de decir que la forma no acompaña del todo (para el estudio narrativo y formal están otras obras), pero se nota el interés de adornar un contenido ya bello de por sí. Es, sobre todo, un canto a la imaginación de tiempos distintos, una excusa para disfrutar con las historieras de nuestros viejos, pero también un toque de atención para los habitantes del presente. A ver si nos damos cuenta.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Zinebi (I): Unos cuantos cortometrajes

Este lunes empezó la 52ª edición de Zinebi, antes conocido como Festival Internacional de Cine Documental y Cortometrajes de Bilbao. Antes siquiera de la inauguración, en el Kultur Etxe de Algorta ya estaban proyectándose una selección de cortometrajes. Así que, entre tanta música que ha habido por aquí últimamente, sigamos con el cine.

Bajo el nombre InfoSpain, Zinebi reúne unos cuantos cortos muy dispares y los ofrece en paquete, como muestra de la escena española. En primer lugar, al margen de lo que luego opine, hay que alabar el formato corto, un fin en sí mismo.


El primero de la noche fue, posiblemente, el que más me gustó. La cambra fosca (Deborah Chacón, Cristina Pecci, 2010) es un documental sobre dos artistas: una escultora y un fotógrafo. La primera está ciega y el segundo es su padre. Vamos, que en realidad, más que un trabajo sobre sus obras, bastante amateurs, se trata de conocer de sus procederes, enmarcados en una excursión al campo. El padre, en busca de la fotografía, y la hija, descubriendo un mundo que no puede ver, pero sí tocar. De hecho, la joven se maravilla con las texturas de las piedras, que parece coleccionar. La cámara nos acerca a esta familia y termina pareciéndonos una bella historia. Interesante el punto de vista de la protagonista: sus manos.

El segundo cortometraje, esta vez de ficción, fue Una caja de botones (María Reyes Arias, 2010). En mi opinión, el menos interesante de la noche. Me explico: la historia es bonita (una niña cuya madre está ingresada no recibe regalos en Reyes, así que echa mano del riquiño cuento del regalo invisible), pero no deja de ser un drama que busca la emoción por un camino demasiado fácil. La verdad, bastante simplona, y se hacía larga. En este caso hay que reconocer la salvada dificultad de grabar con niños.

El lugar de la animación lo llenó Les bessones del carrer de ponent (Marc Riba, Anna Solanas, 2010) Ese stop motion oscuro y tenebroso es un acierto, pues añade más misterio a una historia de intriga ya de por sí tenebrosa: a un chaval lo secuestran dos viejecillas gemelas (al más puro estilo de las brujas Twinrova) que se dedican a fabricar medicinas caseras con los cuerpos de sus víctimas, recordando la historia real de una asesina de la misma calle Ponent de Barcelona. La perversión de estas adorables hasta nos sorprende, sin llegar a ser un corto desagradable, ni mucho menos. Al final nos damos cuenta de que estamos viendo una sátira de lo que esconde el ser humano y su sociedad bajo su capa de normalidad.

O proceso de Artaud (2010) trata de la exclusión de este literato francés del grupo surrealista. Lo que hace el director es utilizar el texto del proceso contra Artaud sobre la imagen de La Passion de Jeanne d'Arc, como si Carl Theodor Drey pusiera en escena, mediante el juicio a Juana de Arco de esta película de 1928, la expulsión dos años antes de Artaud por parte de un surrealismo al servicio de la Revolución. Esto defiende Ramiro Ledo. El experimento es efectivo y casi concluyente. Al margen del tema surrealista, el cortometraje resulta un trabajo muy interesante.

The Homogenics (Gerard Freixes, 2010) es otra vuelta de tuerca al montaje. Mediante la mezcla de trozos de series americanas de hace 50 años, el director crea un mundo nuevo: una sitcom de una familia en la que todos los personajes parecen iguales. Buena forma de retratar aquellas series en que se idealizaba la familia americana con personajes tan planos y estándares que parecen el mismo. Además, divertido.


En Aire (Javier Loarte, 2010) vemos la vida normal de dos familias en las que adquiere importancia la trama de varios niños. Todos se dirigen al colegio. El cortometraje acierta en dibujar la historia de dos niños nerviosos por el primer beso que se darán; sin más. Pero lo importante viene al final, cuando advertimos que todo se ha truncado, cuando nos damos cuenta de la fecha que es. La trama de los niños, que ocupa la mayor parte del tiempo, es bastante sencilla, sin ningún misterio. En cambio, el desenlace es presentado de forma sutil, y aquí es donde radica el mejor punto del relato.

El último cortometraje, Camas (Manuela Moreno, 2010), es en realidad un 4 en 1. Las cuatro historias les suceden en la cama a cuatro parejas. La mejor es la final, que puede ser una irónica reflexión sobre lo que parece y lo que es. Divertidas y curiosas.